A este sistema se sumó uno de los mecanismos más silenciosos y destructivos, la inflación. Cuando el Estado gasta sistemáticamente más de lo que recauda y recurre a la emisión para financiar el desequilibrio, los precios erosionan los ingresos de toda la sociedad. Pero quien tiene recursos puede buscar refugio; quien cobra un salario, una jubilación o una ayuda fija ve cómo su dinero pierde valor antes de llegar a fin de mes.
La inflación funciona como un impuesto que golpea especialmente a quienes menos tienen, el trabajador, el jubilado y la familia que cuenta cada moneda terminan pagando las consecuencias de los desequilibrios fiscales, mientras la política promete soluciones con recursos que no produce y traslada sus costos a quienes trabajan y producen.
Auditar el Estado también es discutir una cultura política
Durante años se nos quiso convencer de que más gasto significaba necesariamente más “justicia social”, que más oficinas equivalían a más soluciones y que cuestionar al Estado era atacar a quienes necesitaban su ayuda. La experiencia argentina obliga a revisar esas certezas. Un Estado que no controla sus gastos, no transparenta sus cuentas y no evalúa sus resultados puede terminar consumiendo los recursos que debería destinar a resolver los problemas que dice combatir.
Por eso, el cambio que impulsa Milei va más allá de las cuentas públicas. Discutir el déficit, revisar estructuras, exigir auditorías y preguntar cuánto cuesta cada política significa cuestionar una cultura acostumbrada a considerar intocable todo aquello que se presenta bajo una bandera moral. Ninguna causa debe quedar exenta de controles ni ningún administrador público puede estar por encima de la obligación de rendir cuentas.
La pregunta es siempre: ¿quién se beneficia realmente? ¿La persona que necesita ayuda, el trabajador que espera una representación eficaz, el estudiante que quiere aprender, el ciudadano que paga impuestos? ¿O la estructura que crece alrededor de ellos y que parece necesitar que los problemas continúen para justificar su propia existencia?
Robin Hood les quitaba a los ricos para ayudar a los pobres. Hood Robin les quita a los pobres, mediante impuestos, inflación y dependencia y después les explica que todo se hace por su propio bien.
La Argentina necesita terminar con esa inversión moral, no para abandonar a quienes necesitan ayuda, sino para dejar de utilizarlos como justificación de privilegios ajenos, no para destruir causas nobles, sino para devolverlas a quienes verdaderamente les pertenecen, no para eliminar toda función del Estado, sino para dejar de confundir su tamaño con su eficacia y el gasto con la justicia.
La verdadera revolución comienza cuando los ciudadanos dejan de agradecerle al que administra su dependencia y empiezan a exigir las condiciones para ser libres.
Ese día está cerca, el gobierno nacional busca terminar con el cuento de “Hood Robin”. Empieza a escribirse una historia distinta, la de una Argentina en la que nadie necesite vivir a costa del trabajo ajeno y en la que ningún argentino vuelva a ser condenado a la pobreza para que otro pueda vivir como un rey.
