La taqiyya —conocida también como kitman en el ámbito chií o amonestanza en la literatura hispanomusulmana— es un principio fundamental de la jurisprudencia islámica que permite a los creyentes disimular u ocultar su fe, llegando incluso a negar verbalmente el islam, como una forma de “protección”. Este principio de disimulo autoriza a cometer actos pecaminosos o fingir incredulidad bajo el pretexto de salvaguardar la vida, la propiedad y la religión. No obstante, desde un análisis político en defensa de la identidad occidental, se advierte con severidad sobre las implicaciones de esta doctrina: diversos colectivos radicales son acusados de recurrir a la taqiyya mediante el engaño deliberado y el proselitismo encubierto para ganar credibilidad, infiltrar instituciones y acelerar el control sobre comunidades no islámicas con el fin de implantar la sharía.
El sustento teológico de la taqiyya está profundamente arraigado en los textos sagrados y en la historia del islam. En el Corán, el principio de la taqiyya y el disimulo se justifica expresamente en tres ocasiones: En la Sura 3:28, se instruye tajantemente a los fieles: “¡Que los creyentes no tomen por amigos a los que no creen en lugar de los que creen! Dios no tendrá nada con quien haga eso, Excepto que disimule por temor a ellos…”.

En la Sura 16:106 (Sura de la abeja), se exime de la ira divina a quien reniega formalmente de su doctrina: “Quienes renieguen de Dios después de haber creído- excepto quien se vea obligado a ello pero su corazón permanezca seguro en la fé”. En la Sura 40:28, se valida el encubrimiento al resaltar: “Y dijo un hombre creyente de la gente del Faraón que ocultaba su fe”.
Históricamente, la primera persona en practicar la taqiyya fue el propio Profeta Mahoma, quien durante 3 años mantuvo su misión totalmente oculta a la tribu de Quraish para proteger su mensaje, hasta que la Sura 15:94 le ordenó revelar su fe proclamando: “Comunica, pues, claramente aquello que se te ha ordenado y apártate de los idólatras”. Del mismo modo, cuando su prominente compañero ´Ammar Ibn Iâsir fue torturado en la Meca por Abu Sufyan y fingió ser incrédulo, el Profeta Mahoma lo absolvió tildándolo de ferviente creyente al exclamar: “No, en realidad ´Ammar está lleno de fe desde la cabeza a los pies”, indicándole que si sus enemigos lo torturaban de nuevo, debía negar otra vez su fe en público.

Esta dispensa para mentir fue ratificada por los máximos juristas de las distintas escuelas dogmáticas:
