La hoja de ruta de la ciencia argentina para ganar mercados globales

tupacbruch
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La hoja de ruta de la ciencia argentina para ganar mercados globales

En medio de una disputa geopolítica por el control de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y los datos, la Argentina enfrenta un dilema estructural: consolidarse como un mero proveedor de recursos naturales o dar el salto definitivo hacia la exportación de valor intelectual. Marcelo Grabois, ingeniero y estratega en innovación, sostiene que el camino no es la improvisación, sino la profesionalización.

Como director general ejecutivo de Itera, una consultora santafesina especializada en servicios de propiedad intelectual e inteligencia estratégica, y experto en el comité internacional de normas ISO sobre gestión de la innovación, Grabois explica en la siguiente entrevista de iProfesional cómo el país puede blindar sus procesos, aprovechar la biotecnología y dejar de competir por costos para empezar a hacerlo por capacidad de resolución de problemas complejos.

-En el marco de la competencia comercial entre EE. UU. y China, donde los datos y el conocimiento parecen ser el botín principal, ¿cómo debe reaccionar Argentina para no quedar relegada a ser solo un proveedor de materias primas o un mero consumidor de tecnología extranjera?

-Argentina debe concentrarse en transformar conocimiento en valor económico y social. El país ya dispone de una base relevante: en 2025, las exportaciones de servicios de la economía del conocimiento alcanzaron 9.600 millones de dólares, representaron el 53% de las exportaciones de servicios y sostuvieron más de 285.000 empleos formales.

La respuesta requiere elegir áreas en las que podamos construir una ventaja concreta (biotecnología, agro, salud, energía, software, tecnologías ambientales y servicios científicos) y gestionar desde el comienzo el mercado, los datos, la propiedad intelectual, las alianzas y la internacionalización.

Una investigación valiosa adquiere impacto cuando se convierte en una solución adoptada, un contrato, una licencia, una empresa o una capacidad productiva. La familia ISO 56000 aporta una arquitectura para hacerlo:

  • ISO 56001 organiza el sistema de gestión de la innovación.
  • ISO 56006 estructura la inteligencia estratégica.
  • ISO 56005 integra la propiedad intelectual en las decisiones de innovación.

(…) Argentina seguirá siendo una gran productora de alimentos, energía y minerales. El salto consiste en exportar también la genética, los procesos, el software, los sensores, los servicios y la propiedad intelectual que determinan cómo se producen y utilizan esos recursos.

-Las potencias imponen bloqueos cruzados y restricciones tecnológicas severas, como en el caso de los semiconductores. ¿Qué rol juegan las patentes internacionales y la propiedad intelectual en esta disputa por la hegemonía tecnológica global?

-La propiedad intelectual funciona como una infraestructura de poder tecnológico. Las patentes delimitan quién puede fabricar, utilizar, licenciar o comercializar una solución y, al mismo tiempo, revelan hacia dónde están investigando las empresas y los países.

El sistema PCT permite iniciar una solicitud internacional y postergar la elección de los países donde se buscará protección; la concesión se decide luego en cada fase nacional o regional. En 2025 se presentaron 275.900 solicitudes PCT. La comunicación digital concentró el 11,1% y los semiconductores estuvieron entre los campos de mayor crecimiento. Huawei encabezó el ranking con 7.523 solicitudes publicadas, seguida por Samsung con 4.698 y Qualcomm con 3.227.

Estas cifras conviven con controles de exportación sobre chips avanzados, equipos de fabricación y capacidades de inteligencia artificial. Estados Unidos, por ejemplo, mantiene requisitos de licencia para determinadas exportaciones de semiconductores avanzados vinculadas con China. La disputa combina regulación comercial, capacidad industrial, secretos empresariales, estándares y portafolios de patentes.

Para una empresa argentina, la inteligencia de patentes es tan importante como patentar. Permite conocer barreras, detectar espacios libres, diseñar alrededor de derechos de terceros y negociar desde una mejor posición. (…) La propiedad intelectual genera poder cuando forma parte de una decisión empresarial y orienta acciones concretas.

-Si los grandes modelos de lenguaje y la infraestructura de IA están concentrados en un puñado de corporaciones norteamericanas y chinas, ¿es posible hablar de una verdadera “soberanía digital” para los países de América latina?

Una soberanía digital realista significa autonomía estratégica: conocer las dependencias, proteger los datos sensibles, conservar alternativas tecnológicas y desarrollar capacidades propias en áreas críticas.

La concentración es muy fuerte. En 2025, la inversión privada en inteligencia artificial alcanzó 285.900 millones de dólares en los Estados Unidos y 12.400 millones de dólares en China, aunque esta última cifra subestima el peso del financiamiento estatal chino. 

En infraestructura de nube, estudios recopilados por la OCDE muestran participaciones de mercado de entre 40% y 62% para AWS, entre 10% y 35% para Azure y entre 5% y 10% para Google Cloud, según la jurisdicción analizada.

América latina puede desarrollar soberanía en datos sectoriales, modelos especializados y aplicaciones vinculadas con salud, agricultura, biodiversidad, energía, industria y servicios públicos.

También necesita capacidad para auditar algoritmos, negociar contratos de nube, evitar dependencias irreversibles y decidir qué información puede alojarse o procesarse fuera del país. La inteligencia artificial debe incorporarse a un sistema de gestión: para qué se utiliza, qué riesgos introduce, qué conocimiento genera y quién se apropia del valor. La soberanía digital consiste, en definitiva, en preservar la capacidad de decidir y de sustituir proveedores cuando los intereses estratégicos lo exijan.

-Con potencias que invierten miles de millones en subsidios para relocalizar sus industrias tecnológicas –“nearshoring” y “friendshoring”–, ¿cuáles son las ventajas competitivas reales de Argentina para insertarse en estas nuevas cadenas globales de valor?

-La oportunidad argentina está en eslabones específicos de alto conocimiento. La Unión Europea, por ejemplo, proyectó más de 43.000 millones de euros de inversión pública vinculada con su Chips Act, una escala que muestra la dificultad de competir mediante subsidios.

Nuestra estrategia debe basarse en especialización, talento, velocidad de aprendizaje y confiabilidad. La Argentina combina cinco activos: capital humano, ciencia, una economía del conocimiento exportadora, sistemas productivos intensivos en recursos naturales y experiencia en sectores regulados.

Los 9.600 millones de dólares exportados por la economía del conocimiento en 2025 demuestran que existe una plataforma internacionalizable. A esto se suman capacidades en biotecnología, agroindustria, salud, energía, tecnología nuclear, satélites, software y servicios profesionales.

El nearshoring premia cercanía horaria, compatibilidad cultural y estabilidad operativa; el friendshoring agrega confianza geopolítica. Para aprovecharlos, las empresas argentinas deben ofrecer calidad verificable, protección de información, cumplimiento regulatorio, propiedad intelectual clara y continuidad de suministro.

La mejor inserción surge cuando el país aporta conocimiento difícil de reemplazar: ensayos, desarrollo científico, bioinformática, tecnologías agroindustriales, ingeniería especializada, trazabilidad, procesos sustentables y soluciones para energía y minería. La ventaja competitiva deja de ser el bajo costo y pasa a ser la capacidad de resolver problemas complejos.

-¿Cree que el desarrollo biotecnológico, impulsado por el agro y la ciencia, es el terreno donde la Argentina puede ejercer un liderazgo global y evitar las restricciones de la competencia tecnológica tradicional?

-La biotecnología es una de las oportunidades más sólidas de Argentina. El primer censo nacional identificó 340 empresas biotecnológicas, ventas por más de 1.300 millones de dólares, exportaciones por 216 millones de dólares y cerca de 20.000 empleos; más de 2.000 personas trabajaban exclusivamente en I+D. }

Ese entramado combina ciencia, producción agropecuaria, biodiversidad, capacidades regulatorias y experiencia empresarial. Permite construir posiciones internacionales en genética vegetal, bioinsumos, salud humana, sanidad animal, enzimas, microorganismos industriales, alimentos y biomateriales.

El liderazgo será específico. La Argentina puede destacarse en plataformas y nichos donde ya posee conocimiento diferencial, siempre que complete la trayectoria: validación, propiedad intelectual, regulación, escalado, financiamiento y acceso a mercados. La ciencia crea la posibilidad; la gestión de la innovación organiza el camino para capturar valor.

El caso de Infira es una señal potente: fue seleccionada entre más de 1.300 postulaciones de 126 países y ganó el WIPO Global Award 2026 en la categoría startup agroalimentaria. Untech también integró el grupo de 33 finalistas globales.

-En un escenario internacional de alta incertidumbre y bloques cerrados, ¿qué le falta a la articulación público-privada en Argentina –gobiernos, universidades y startups– para conformar un ecosistema de innovación robusto?

-La articulación necesita objetivos compartidos, reglas claras y continuidad. Reunir actores es apenas el comienzo; un ecosistema funciona cuando define prioridades, responsabilidades, propiedad de los resultados, mecanismos de financiamiento y criterios para medir avances. La restricción de recursos obliga a gestionar mejor. América latina y el Caribe invirtieron el 0,57% de su PIB en I+D en 2023, frente a un promedio mundial de 1,92%.

Cada proyecto debería partir de una oportunidad relevante, incorporar inteligencia estratégica, establecer hitos de validación y prever desde temprano la regulación, la propiedad intelectual, el escalado y el mercado. También hace falta profesionalizar la transferencia tecnológica. Investigar, crear una empresa científica, negociar una licencia y escalar una tecnología requieren capacidades distintas y complementarias.

Las universidades deben comprender mejor los tiempos empresariales; las empresas deben vincularse antes con la ciencia; y el Estado puede orientar demanda mediante regulación, compras y financiamiento basado en resultados. ISO 56003 aporta métodos para gestionar alianzas de innovación y ISO 56001 permite integrarlas dentro de un sistema.

-¿De qué manera la estandarización internacional puede ayudar a las empresas locales a blindar sus procesos y jugar con las mismas reglas que los gigantes tecnológicos en este tablero global?

-La estandarización permite que una empresa pequeña gestione con la misma lógica profesional que una organización global. Aporta procesos repetibles, responsabilidades definidas, evidencias y un lenguaje comprensible para clientes, socios e inversores.

  • ISO 56001:2024 establece requisitos para crear, implementar, mantener y mejorar un sistema de gestión de la innovación. La norma ayuda a gestionar incertidumbre, oportunidades, liderazgo, recursos, operaciones y evaluación de resultados.
  • ISO 56005 guía la gestión de la propiedad intelectual.
  • ISO 56006, la inteligencia estratégica.
  • ISO 56007, las oportunidades y las ideas.
  • ISO 56008, la medición de las operaciones de innovación.

Este enfoque fortalece el resguardo de secretos, la trazabilidad de decisiones, la titularidad de los desarrollos y la preparación para una “due diligence”. También reduce errores frecuentes: patentar tarde, divulgar antes de proteger, desconocer derechos de terceros o invertir sin comprender el mercado.

Integro el comité internacional ISO/TC 279 y, desde ITERA, procuramos convertir esas normas en prácticas proporcionadas a la realidad de una startup o una pyme. El estándar reduce las asimetrías de gestión aunque persistan las financieras; mejora la calidad de las decisiones y convierte a la empresa local en un interlocutor más confiable para negociar a escala internacional.

Marcelo Grabois

Marcelo Grabois

-Si miramos hacia el final de esta década, ¿cuál es su visión sobre el desenlace de esta polarización tecnológica y qué lugar ocupará el talento y la ciencia latinoamericana en ese nuevo orden mundial?

Hacia 2030 veremos una interdependencia más selectiva. Estados Unidos y China seguirán compitiendo en inteligencia artificial, semiconductores, energía, datos, estándares y propiedad intelectual, mientras conservarán vínculos en áreas donde la separación completa resulte demasiado costosa. La competencia será muy dinámica.

El AI Index 2026 señala que los modelos estadounidenses y chinos intercambiaron varias veces el liderazgo desde comienzos de 2025 y que, en marzo de 2026, la diferencia entre los mejores modelos era de apenas 2,7%. La hegemonía tecnológica dependerá tanto de la ciencia como del cómputo, el capital, la energía, el talento y la capacidad de fijar estándares.

América latina puede ocupar un lugar relevante en biotecnología, alimentos, salud, biodiversidad, tecnologías climáticas, energía, minería sustentable y aplicaciones especializadas de inteligencia artificial. Para ello debe construir cooperación regional, empresas escalables, propiedad intelectual propia y mecanismos que mantengan una parte mayor del valor en nuestros países.

El talento latinoamericano estará presente en el nuevo orden. La cuestión decisiva es dónde se acumularán los activos, las patentes, las empresas y las decisiones. Mi visión es optimista cuando la ciencia se combina con gestión, estrategia y colaboración. Allí reside la posibilidad de que la región participe como creadora y socia, además de aportar recursos y profesionales.

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